30/04/2008

Sanidad porcina:

Meningitis Bacteriana: Enfermedad de Glässer

La enfermedad descrita por Glässer en 1910, cuyo agente etiológico es Haemophilus parasuis, ha sido diagnosticada prácticamente en todo el mundo y representa en la actualidad uno de los principales problemas emergentes del ganado porcino. El cerdo es el único hospedador de esta bacteria, que presenta como hábitat habitual las fosas nasales. H. parasuis se transmite por contacto directo entre los animales a través de la vía aerógena.

La enfermedad de Glässer se manifiesta de forma esporádica, asociada al estrés y en relación con animales jóvenes, especialmente a los dos meses de vida. Su prevalencia se ha incrementado durante los últimos años de forma espectacular, asociada al incremento del síndrome respiratorio y reproductor porcino (PRRS).

 

INTRODUCCIÓN

En la moderna industria porcina, algunos procesos de origen bacteriano cursan con inflamación de las meninges. Especialmente, Streptococcus suis y Haemophilus parasuis son, por este orden, las causas principales. Otros microorganismos, como Escherichia coli, Actinobacillus pleuoropneumoniae Salmonella cholera suis pueden ser aislados, ocasionalmente, del mismo lugar.

Se considera, en la actualidad, uno de los problemas emergentes porcinos de mayor interés económico y científico, asociado a determinadas prácticas de manejo ligadas a explotaciones calificadas como "excelentes" desde el punto de vista sanitario, incluyendo explotaciones SPF (libres de patógenos específicos) o, simplemente, de alto estatus sanitario. En este tipo de granjas la enfermedad aparece de forma fulminante, con muertes súbitas que, en ocasiones, adquieren niveles preocupantes. Probablemente, la coincidencia con nuevos síndromes respiratorios en los que se implican otras bacterias o virus ha contribuido de modo decisivo al incremento de la prevalencia y gravedad de la enfermedad.

 

Fué descrita en 1910 por Glässer como una inflamación fibrinosa de las articulaciones de cerdos jóvenes, en los tres primeros meses de vida, asociada a situaciones de estrés (traslados y cambios en el manejo), que cursaba con alta mortalidad. Hjärre y Wramby (1943) (citados por Rapp-Gabrielson, 1999) identificaron el agente como H a e m o p h i l u s suis. Durante años se pensó en la implicación conjunta de Mycoplasma hyorhinis y Haemophilus suis, pero en 1962 Switzer reprodujo la enfermedad mediante la inoculación intranasal de cepas de Haemophilus suis aisladas de animales enfermos con procesos típicos en la meningitis porcina causada por Haemophilus parasuis.

 

ETIOLOGÍA

Haemophilus parasuis ha recibido a lo largo de los años diversas denominaciones. Como se ha señalado ya, fue identificado inicialmente como Haemophilus suis y como Haemophilus influenza suis por Lecce en 1960. Las investigaciones de Biberstein y White (1969) y de Kilian (1976) justificaron el cambio de denominación a H. parasuis, al observar su independencia del factor X de coagulación de la sangre (hemina u otras porfirinas). La posición taxonómica dentro de la familia Pasteurellaceae es aún incierta, debido a la falta de homología a nivel del ADN con otras bacterias del género Haemophilus (Morozumi et al., 1986). Aunque fenotípicamente las cepas clasificadas como H. para s u i s suelen ser homogéneas (Kilian, 1976), se ha observado una considerable heterogeneidad interna de la especie, con dos tipos de cepas agrupadas en torno a las de referencia, de los serotipos 4 y 5 respectivamente (Dewhirst et al., 1992).

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Fig. 1.- Morfología microscópica de Haemophilus paras u i s. Microscopio óptico (x100). Tinción de Gram.  

 

Microscópicamente, son pequeños bacilos o cocobacilos pleomórficos (incluso cadenas filamentosas), de longitud variable, desde 1 a 7 mm de largo y 0,2 a 2 mm de ancho, gramnegativos (fig. 1), que manifiestan la presencia de cápsula en cultivos in vitro y que precisan del factor V de coagulación de la sangre (NAD) para su crecimiento. La dependencia de este factor se resuelve mediante la adición directa de NAD (0,025%) a los medios de cultivo, en formulaciones que incorporan sangre calentada (ágar chocolate) o mediante el satelitismo alrededor de colonias de Staphylococcus aureus o S. epidermidis. Al cabo de 2448 horas a 37°C, en atmósfera aerobia o mejor en microaerofilia (en aislamientos primarios, fundamentalmente), dan lugar a colonias pequeñas, de 12 mm de diámetro, traslúcidas y no hemolíticas (en ágar con 5% de sangre de caballo).

Poseen actividad catalasa, oxidasa y reducen los nitratos a nitritos. Carecen, sin embargo, de actividad ureasa; no producen indol ni descarboxilan la ornitina, lisina y arginina. Producen ácido de la glucosa, manosa, maltosa y sacarosa, pero son negativos sobre la xilosa, lactosa, manitol, ramnosa y arabinosa. Existen variaciones, dependientes de la cepa, respecto de la producción de ácido del inositol y del sulfuro de hidrógeno; en cualquier caso, la limitación de los estudios metabólicos reside en la dificultad de diferenciar entre cepas patógenas y apatógenas.

 

Utilizando electroforesis en geles de poliacrilamida (SDS-PAGE) se han puesto de manifiesto dos perfiles o patrones proteicos diferentes dentro de H . parasuis (Nicolet- et al., 1980; Morozumi y Nicolet, 1986). La gran mayoría de las cepas que se aíslan de casos de enfermedad de Glässer son muy homogéneas y se integran dentro del biotipo II, que se caracteriza por la presencia de una banda de un peso molecular en torno a 37 kDa, aunque las diferencias de patogenicidad entre cepas son, realmente, muy marcadas, mientras que los aislados de fosas nasales de cerdos sanos se integran en el perfil I, que se caracteriza por la presencia de grupos de bandas con pesos moleculares por encima de 68 kDa y entre 23 y 40 kDa. La relación de este procedimiento con el poder patógeno del microorganismo no se encuentra, sin embargo, cuando se aplica un método similar a las bacterias sonicadas, con el propósito de estudiar los perfiles de las proteínas de membrana externa (Rapp- et al., 1986), método por el que han llegado a diferenciarse hasta 18 patrones distintos, lo que demuestra, en suma, una gran variedad interna dentro de la especie, que podría deparar reagrupaciones en los próximos años.

En algunas cepas se han demostrado estructuras filamentosas, semejantes a fimbrias, que se pierden después del subcultivo (Munch et al., 1992) y también una capa de glucocálix. Ambas estructuras permiten, en algunos patógenos, la adherencia a la superficie de las células epiteliales y la colonización consiguiente.

 

SEROTIPOS

La existencia de serotipos fue identificada, en primer lugar, por Bakos et al., en 1952 (citados por Rapp-Gabrielson, 1999), cuyo primitivo esquema de clasificación reconocía los serotipos A a D mediante una prueba de precipitación. Este esquema original se transformó por el progresivo incremento del número de serotipos demostrado por diversos investigadores (Schimmel et al., 1985; Morozumi y Nicolet, 1986; Kielstein et al., 1991). En cualquier caso, es destacable la heterogeneidad antigénica de este microorganismo, que origina no pocos problemas para su clasificación.

En la actualidad se reconocen un total de 15 serotipos (1 al 15) (Kielstein y Rapp-Gabrielson, 1992), basados en una técnica de inmunodifusión con antisueros específicos producidos en conejo, originalmente descrita por Morozumi y Nicolet (1986) y validada recientemente (Rafiee y Blackall, 2000). Consiste en la detección de un antígeno polisacárido termoestable, resistente a la proteolisis enzimática, presumiblemente de origen capsular o lipopolisacárido (con toda probabilidad un polisacárido ácido, aunque en algunas cepas no se excluye una composición diferente -Morozumi y Nicolet, 1986-). El uso de SDS-PAGE e immunoblotingcon anticuerpos monoclonales ha puesto de manifiesto la heterogeneidad del L P S .

Hay que destacar, sin embargo, que un porcentaje elevado de cepas identificadas como H. parasuis (en ocasiones, hasta el 30% e incluso más) no son tipificables, lo que puede significar tanto que algunos aislamientos no expresan suficiente cantidad de antígeno como que puedan tratarse de otros serotipos aún por identificar.

No es un suceso infrecuente el que varias cepas o serotipos estén presentes en el mismo animal o en la misma explotación, como se ha demostrado en varias ocasiones (Rapp-Gabrielson, 1992, 1993).

 

FACTORES DE VIRULENCIA

Se ha demostrado una relación entre algunos serotipos y la virulencia, como se verá más adelante, aunque ésta última se vea influida por otros factores, entre ellos, patrones específicos de proteínas. Sin embargo, estas observaciones no se ratifican cuando se repiten los experimentos de virulencia con diferentes cepas de un mismo serotipo. Es posible que la razón no sea otra que la falta de homogeneidad interna de los serotipos, en cuyo caso debería hablarse de una asociación de la virulencia con la cepa, más que con el serotipo, aunque tampoco pueden descartarse otras explicaciones.

Poco se conoce, por el momento, sobre la razón de la virulencia de algunos serotipos de H. parasuis, que justificaría la morbilidad y mortalidad de algunos casos de enfermedad. Los serotipos 1, 5, 10, 12, 13 y 14 se asocian, por lo general, con casos agudos, capaces de producir la muerte del animal en un periodo de cuatro días, mientras que los serotipos 2, 4 y 15 desencadenan la forma crónica de la enfermedad, con graves lesiones de poliserositis y artritis. El serotipo 8 se califica de virulencia ligera, mientras que los serotipos 3, 6, 7, 9 y 11 no se relacionan con signos clínicos (Kielstein y Rapp-Gabrielson, 1992).

Determinados estudios, llevados a cabo con los siete primeros serotipos mediante la inoculación intratraqueal en cobaya (Rapp-Gabrielson et al., 1992), permitieron observar diferencias claras, pues mientras que los serotipos 1 y 5 fueron los más invasivos, ocasionando la muerte de los animales a dosis altas (1,3 x 1010 UFC en el caso del serotipo 1 y de 4,2 x 109 UFC en el del serotipo 5) o una septicemia persistente a dosis más bajas (1,3 x 108 UFC en el caso del serotipo 1 y de 4,2 x 107 UFC en el del serotipo 5), sin embargo, los serotipos 2 y 6 resultaron menos virulentos, aunque en algunos casos también produjeron bronconeumonía y muerte; por otra parte, los serotipos 3, 4 y 7 solamente indujeron signos clínicos transitorios y lesiones mínimas. Estos datos ponen de manifiesto una cierta similitud con los resultados descritos en el hospedador natural, lo que indica su valor como modelo para estudios experimentales relacionados con la virulencia.

 

La capacidad para aglutinar en acriflavina así como el perfil de péptidos obtenido en SDS-PAGE (tipo II) (Morozumi y Nicolet, 1986) permite sugerir una cierta asociación con estructuras relacionadas con la virulencia, por el momento sin definir.

Las diferencias de patogenicidad en H. parasuis se han asociado también a la presencia de cápsula y a la de proteínas de membrana externa. La presencia de proteínas receptoras de hierro y reguladas por este elemento ha sido objeto de controversia por parte de los microbiólogos. Morton y Williams (1989) detectaron la producción de sideróforos, atribuyéndoles la captación de hierro a partir de la transferrina, lo que posteriormente se demostró erróneo: los propios autores cuestionaban la coherencia de su observación. Charland et al., (1995) obtuvieron las primeras evidencias concluyentes de la existencia de proteínas receptoras de transferrina sérica porcina: trabajando con dos cepas de H. parasuis comprobaron que estos microorganismos adquirían hierro unido a transferrina porcina (pero no bovina, ni lactoferrina) por un mecanismo independiente de sideróforos, en el que se implicaban, según la cepa, uno o dos polipéptidos, de 96 kDa y de 94 y 60 kDa, respectivamente, a quienes responsabilizaban la condición de receptores de la transferrina. La cuestión, hasta la fecha abierta, ha sido recientemente resuelta por nuestro grupo, pues utilizando sondas específicas hemos clonado y secuenciado los genes tbpA y tbpB, demostrando así, de forma directa, la existencia de proteínas de captación de hierro en esta especie (t b p A y t b p B) (De la Puente et al., 2000).

La explicación más probable supone, por tanto, que H. parasuis, que como otros microorganismos necesita para su crecimiento pequeñísimas concentraciones de hierro (de 0,4 a 4 µM) (Finkelstein et al., 1983), dispone de la doble capacidad de captar hierro tanto mediante sideróforos como mediante proteínas t b p. Estas proteínas posiblemente desempeñen un papel decisivo en el mantenimiento de la infección en el hospedador natural, pues en él la presencia de hierro libre disponible en los fluidos corporales puede alcanzar valores tan bajos como 10 1 8 M o tiene lugar en condiciones inaccesibles de forma directa, formando complejos con otras moléculas o unido a proteínas transportadoras (transferrina o lactoferrina) (Bullen, 1981).

 

Aunque se han descrito estructuras semejantes a fimbrias, su papel en la adhesión aún no ha sido definido de forma concluyente (Münch et al., 1992) y respecto del LPS, hasta la fecha sus patrones moleculares no se han asociado tampoco con la virulencia (Zucker et al., 1996).

Recientemente, Lictensteiger y Vimr (1997) se han referido a la detección de una enzima, neuraminidasa (sialidasa), cuya presencia se hace evidente al final de la fase de crecimiento logarítmico, que se asocia a las células y que no requiere Ca++ para su actividad. Su función en la biología de H. parasuis p o d r í a estar relacionada con la supervivencia intracelular.

 

EPIDEMIOLOGÍA

Como en el caso de algunos otros patógenos porcinos, el cerdo es el hospedador exclusivo de H. parasuis, de cuyas fosas nasales se recupera, en ocasiones sin relación con cuadro clínico alguno, hasta el punto de representar una de las especies bacterianas más prevalentes en el caso de lechones de una semana de edad, a los que, además, colonizan precozmente (Kott, 1983). En el caso del pulmón, el aislamiento de H . parasuis tiene lugar, de ordinario, a partir de cuadros neumónicos.

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Fig. 2.- Enfermedad de Glässer: peritonitis fibrinosa.

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Fig. 3.- Enfermedad de Glässer: líquido seroso y depósitos de fibrina en la cavidad torácica.

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Fig. 4.- Enfermedad de Glässer: líquido seroso en la articulación coxofemoral.

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Fig. 5.- Enfermedad de Glässer: forma respiratoria. Aspecto pulmonar.

 

La enfermedad de Glässer ha sido considerada, tradicionalmente, una enfermedad esporádica asociada al estrés, característica de los animales jóvenes, de entre dos semanas y cuatro meses de edad, con especial incidencia alrededor de los dos meses de vida. El problema surge, sin embargo, en explotaciones de animales SPF o con altos estándares sanitarios, en donde la introducción de H. parasuis puede ser causa de un proceso generalizado, con altas tasas de morbilidad y mortalidad, capaz de afectar a animales de cualquier edad y en cualquier fase de producción.

 

El problema de la infección por H . p a r a s u i s es particularmente problemático sobre el aparato respiratorio. Como se ha repetido ya, la presencia de H. parasuis en las fosas nasales, a las que coloniza, no implica la existencia de un proceso morboso y, por lo general, tiene lugar en animales protegidos inmunitariamente. En el caso del pulmón se comporta, habitualmente, como un invasor secundario, oportunista, que produce enfermedad asociado con otros agentes bacterianos (Actinobacillus pleuropneumoniae, Mycoplasma hyopneumoniae, M. hyorhinis) o víricos (virus de la enfermedad de Aujeszky, virus del PRRS, virus influenza, coronavirus porcinos, etc.) o coincidiendo con una falta de inmunidad protectora específica, lo que da lugar a lesiones pulmonares que recuerdan las de la neumonía enzoótica. Ocasionalmente se ha podido demostrar su condición de agente etiológico respiratorio primario, especialmente en casos de bronconeumonía fibrinosupurativa. En cualquier caso, parece claro que el tracto respiratorio actúa como puerta de entrada del microorganismo, desde el que en ocasiones se produce la infección sistemática generalizada y, por tanto, la enfermedad clínica.

 

El potencial patógeno de H. parasuis constituye también un factor importante que condiciona la gravedad y progresión de la enfermedad sistémica. Se han descrito asociaciones entre casos de poliserositis y determinados serotipos y recientemente se han demostrado diferencias en la virulencia de sus serotipos mediante la inoculación de cerdos SPF o CDCD (obtenidos por cesárea y privados de calostro), observándose un gradiente que oscila desde alta virulencia hasta avirulencia. Parece seguro, sin embargo, que a la virulencia potencial de las cepas pueden contribuir otros factores (Rapp-Gabrielson et al., 1992).

La enfermedad de Glässer constituye hoy en día uno de los problemas más graves de las explotaciones porcinas, en particular cuando se llevan a cabo mezclas de animales procedentes de diferentes explotaciones o coincidiendo con la entrada de nuevos lotes de animales. La prevalencia de la enfermedad ha aumentado considerablemente durante los últimos años, especialmente como consecuencia de la situación epizootiológica del síndrome respiratorio y reproductor porcino (PRRS), al que suele acompañar. En estas condiciones, la mortalidad por la enfermedad puede llegar a alcanzar valores de hasta el 50% y superiores.

 

Como se ha señalado, la enfermedad suele presentarse en animales de entre uno y cuatro meses de edad y con más frecuencia entre las cinco y ocho semanas, aunque en granjas de altos estándares sanitarios cualquier edad puede verse afectada, aun sin la habitual concurrencia de situaciones de estrés.

La enfermedad ha sido diagnosticada prácticamente en todo el mundo. En América del Norte, Australia y Japón los serotipos más frecuentes son el 4, 5 y 13 (Blackall et al., 1995, 1996; Morikoshi et al., 1990; Rapp-Gabrielson y Gabrielson, 1992), situación que coincide también con las observaciones realizadas en Alemania (Kielstein y Rapp-Gabrielson, 1992); en España se incorpora, además, el serotipo 2 con cierta importancia (Rúbies et al., 1999). En cualquier caso, parece deducirse que coincide la mayor prevalencia con los serotipos más virulentos.

 

El conocimiento directo o indirecto de la incidencia de la enfermedad en una zona o región en particular procede, por lo general, de los estudios de aislamiento y tipificación de los serotipos, así como del estudio de los anticuerpos específicos, a partir de las muestras obtenidas directamente en las explotaciones porcinas o de las recogidas en matadero. Los primeros han puesto de manifiesto que el nivel de portadores nasales en muchas granjas puede llegar al 32% de los animales, aunque la gran mayoría correspondan a serotipos avirulentos (Kruger et al., -citados por Segales, 1996-). Los estudios en el matadero han ofrecido informaciones similares (30%), mientras que los aislamientos de pulmón o tonsilas representan niveles muy bajos (12%). En lo que se refiere a los datos serológicos, se observa que entre el 40 y el 85% de los animales sacrificados en el matadero son positivos serológicamente, aunque su relación con el aislamiento es muy baja, pues solo uno de cada tres resulta positivo en este último (Moller et al., 1993).

H. parasuis se transmite de modo directo, por contacto entre los animales enfermos y los sanos a través de la vía aerógena, aunque la capacidad de difusión parece que puede alcanzar alguna distancia vehiculado por el aire. La infección de una granja sin contacto previo con el agente supone el comienzo de un brote, por lo general en forma aguda, después de un periodo de incubación de 14 días aproximadamente, con muertes súbitas, mientras que los casos derivados de reinfecciones posteriores ya manifiestan el cuadro clínico típico de la enfermedad de Glässer. Cuando a este tipo de granjas ya infectadas acceden animales procedentes de otras de alta sanidad, solo éstos desarrollan la enfermedad.

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Fig. 6.- Colonias de Haemophilus parasuis sobre agar PPLO.

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Fig. 7.- Diversas especies de la familia Pasteurellaceae, dependientes de NAD. Crecimientos sobre ágar TSA al que se han incorporado discos impregnados con el citado factor. Obsérvese la independencia del NAD en el caso de Actinobacillus suis.

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Fig. 8.- Termociclador empleado en la técnica de PCR.

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Fig. 9.- Técnica PCR para la detección de Haemophilus parasuis basada en la amplificación de los genes t b p.

 

PATOGÉNESIS

Los datos disponibles sobre la patogénesis del proceso proceden, por lo general, de modelos experimentales de infección, casi siempre cerdos CDCD inoculados intranasalmente con cepas virulentas de H. parasuis. En estas condiciones, a las 12 horas de la inoculación se aísla el agente de la cavidad nasal y de la tráquea, mientras que a las 36 horas ya se recupera de la sangre. Entre las 36 y 108 horas posteriores se recupera con carácter sistémico. Mediante procedimientos inmunohistoquímicos y por microscopia electrónica se ha comprobado la colonización precoz de la porción media y caudal de la cavidad nasal y de la tráquea, que se asocia con rinitis purulenta, pérdida de cilios y dilatación de las células de la mucosa nasal y traqueal. H. parasuis coloniza preferentemente la cavidad nasal y la tráquea, pero no las tonsilas (al contrario que A. pleuropneumoniae), lo que se relaciona con la capacidad para aislar este microorganismo de las fosas nasales pero no de las tonsilas o de los pulmones sanos, a partir de las muestras de cerdos en el matadero (Moller et al., 1993). Contrariamente, mediante inmunohistoquímica y microscopia electrónica se ha descrito la presencia de antígeno en las tonsilas, pero no en la cavidad nasal (Amano et al., 1994).

El daño en la mucosa nasal facilita la invasión de H. parasuis. En cualquier caso, como ya se ha indicado, se desconocen los factores que se implican en la infección sistémica, aunque resulta muy destacable la virulencia de algunas cepas, capaces de producir enfermedad generalizada y muerte en cerdos CDCD con tan solo 100 UFC inoculadas por vía intranasal. En los animales sometidos a estas condiciones, la bacteriemia resulta ya evidente en las primeras etapas de la infección.

Utilizando animales que no habían mantenido contacto previo con el microorganismo (SPF, CDCD o procedentes de destete precoz medicado) ha sido posible reproducir la enfermedad mediante inoculación de H. parasuis por distintas vías (intranasal, intratraqueal, intraperitoneal e intravenosa), comprobándose una cierta relación entre la dosis y la vía de inoculación utilizada respecto del tipo de lesiones encontradas y su extensión. Con carácter general, las inoculaciones intranasal o intratraqueal dieron lugar a los cuadros respiratorios con afectación del pulmón (fig. 1).

 

CUADRO CLÍNICO

En la nave infectada, los signos que se manifiestan incluyen fiebre y apatía, seguidos de inapetencia y anorexia. Los primeros signos pueden presentar tos, disnea, pérdida de peso, cojeras y enrojecimientos. Pueden apreciarse, igualmente, manifestaciones de dolor al caminar, hinchazón de las articulaciones, cojera, escalofríos y temblores, así como incoordinación, cianosis, reclinación y, por último, puede sobrevenir la muerte del animal. Son visibles secuelas de los procesos agudos, tanto en las hembras reproductoras (en forma de abortos y cojeras crónicas) como en los verracos o en los animales en crecimiento, en los que puede ser manifiesta una menor tasa de engorde (Rapp-Gabrielson, 1999).

El cuadro clínico depende de la localización de las lesiones inflamatorias. Según esto, Hoeffling (1994) describe cuatro formas clínicas: la enfermedad de Glässer propiamente dicha o poliserositis fibrinosa, la septicemia (sin lesiones de poliserositis), la miositis aguda (en los músculos maseteros) y la enfermedad respiratoria.

 

Las lesiones macroscópicas primarias consisten en la presencia de un exudado serofibrinoso o fibrinopurulento en las superficies mucosas, de forma localizada o en presencia múltiple, incluyendo el peritoneo, el pericardio y la pleura, así como las superficies articulares (figs. 2, 3 y 4), particularmente en el carpo y tarso. La presencia de neumonía no es un suceso habitual, incluso aunque el microorganismo haya sido aislado de los pulmones. Según algunos autores, las diferencias en la capacidad para producir neumonía (fig. 5) pueden deberse a las diferencias en el modo de infección, en las dosis infectantes y en el potencial patógeno de las cepas implicadas, al menos según se desprende de los datos derivados de infecciones experimentales: por ejemplo, los serotipos 1, 4 y 5 no se distinguen por su capacidad para producir neumonía (Amano et al., 1994). Ocasionalmente se han descrito, también, fascitis, miositis y rinitis purulenta.

En los casos septicémicos se observa la presencia de petequias y equimosis en el hígado, riñón y meninges, detectándose también altos niveles de endotoxinas en el plasma, así como trombos de fibrina en muchos órganos (Amano et al., 1994). La replicación subsiguiente del microorganismo en las superficies serosas produce las poliserositis, poliartritis y meningitis que se observan en los casos de campo típicos. Con menor frecuencia, puede observarse un proceso septicémico agudo que incluye cianosis, edema subcutáneo y pulmonar y muerte, todo ello en ausencia de los típicos signos inflamatorios de las mucosas.

 

Las meninges son una de las localizaciones de inflamación más frecuentes de la enfermedad llegando, en ocasiones, a presentarse en el 80% de los animales enfermos. En los casos muy graves puede apreciarse meningitis, opacidad de las membranas del cerebro (región occipital) y cerebelo. Habitualmente se produce un aumento del líquido cefalorraquídeo, que presenta un aspecto lechoso debido a la abundancia de glóbulos blancos. Ocasionalmente, se ha descrito meningoencefalitis trombótica, con depósitos de fibrina en meninges y vasos sanguíneos y, otras veces, edema moderado (Segales, 1996). Asimismo, se ha descrito una gran cantidad de neutrófilos y, en menor número, macrófagos.

 

DIAGNÓSTICO

Generalmente, se basa en la historia clínica, síntomas, lesiones y otros datos epidemiológicos. El aislamiento de H . p a r a s u i s en el laboratorio resulta necesario para la confirmación. Debido a la naturaleza "fastidiosa" de estas bacterias, su fragilidad y los complejos requerimientos nutritivos necesarios para su crecimiento, no siempre es posible realizar el aislamiento. A todo ello se suma que la presencia de otros microorganismos de más fácil supervivencia y recuperación en las muestras clínicas, colabora a enmascarar la enfermedad, por lo que algunos autores han estimado que la verdadera tasa de incidencia de la misma puede llegar a ser hasta más de diez veces mayor que la que se deriva de los datos de laboratorio.

Los mejores resultados en este caso se obtienen cultivando material procedente de varias superficies serosas o de exudados, incluyendo líquido cerebroespinal y sangre del corazón, aun cuando no se observen lesiones; también se puede utilizar líquido ascítico, torácico, pericárdico o articular, hisopos nasales y traqueales, así como parénquima pulmonar. H. parasuis puede recuperarse, asimismo, a partir de los fluidos contaminados si se utiliza un medio de transporte adecuado hasta su llegada al laboratorio (MéndezTrigo y Trigo, 1996).

 

Entre los medios de cultivo se recomienda el uso de un medio base para ágar sangre con un 5% de sangre de caballo desfibrinada y triptosa, utilizando una estría de estafilococos para aportar el NAD necesario; se puede utilizar también agar chocolate u otras opciones, como los medios PPLO (fig. 6), Levinthal o Gilbride y Rosendal (tripticasa-soja enriquecida con suero de caballo, extracto de levadura y NAD, en las proporciones habituales; además, se puede hacer selectivo añadiendo lincomicina y bacitracina). Las condiciones de aislamiento precisan el cultivo durante 2448 horas a 37°C en atmósfera microaerófila (5% de CO2 ). Los aislamientos han de diferenciarse de otros microorganismos próximos de la familia Pasteurellaceae, también NAD-dependientes (A. pleuropneumoniae, A. minor, Haemophilus taxón C, A. porcinus y A . i n d o l i c u s) (fig. 7), algunos de los cuales pueden estar presentes en gran número en la cavidad nasal, en las tonsilas o en los pulmones aunque, con la excepción de A . p l e u r o p n e u m o n i a e, carecen de significado patogéno. Aun así se debe incidir, una vez más, en que el aislamiento no siempre se consigue. La serotipificación de H. parasuis solamente se realiza en laboratorios de referencia o en los especialmente capacitados para el trabajo con este microorganismo.

 

La aplicación de técnicas inmunohistológicas depende de la calidad de los anticuerpos utilizados (policlonales o monoclonales). Se utilizan sobre tejidos fijados en formol e incluidos en parafina y se basan en el sistema avidina-biotina.

Desde el punto de vista pasivo, se pueden detectar anticuerpos en el suero de los animales enfermos, con la limitación de no poderse diferenciar el serotipo implicado en la infección. Se ha utilizado fijación del complemento, ELISA e inmunofluorescencia. El ELISA indirecto es el procedimiento más utilizado en la actualidad. Se basa en el uso de un antígeno obtenido a partir de un serotipo virulento, con el que se consiguen niveles aceptables de sensibilidad y especificidad, aunque existan reacciones cruzadas entre serotipos y no discrimine (como se señaló antes) el serotipo implicado (Segalés, 1996).

Considerando cuanto se ha dicho acerca de que en un mismo animal pueden aislarse diferentes serotipos de H. para s u i s, tan solo la recuperación del microorganismo a partir de las lesiones macroscópicas o de distintos órganos (si la enfermedad adquiere carácter septicémico) proporciona cierta seguridad de que el aislamiento obtenido se relaciona con la enfermedad.

 

Recientemente hemos desarrollado una PCR que permite la detección e identificación de la especie H. para s u i s, tanto a partir de muestras clínicas como en cepas ya aisladas en el laboratorio (figs. 8 y 9). El fundamento técnico del método desarrollado radica en las peculiaridades observadas en los genes tbp de las cepas de este microorganismo, respecto de otros patógenos porcinos próximos como Actinobacillus suis y A. pleuropneumoniae. El método permite discriminar un positivo a H. parasuis de un positivo a A. pleuropneumoniae y, lo que es más importante, otras cepas no patógenas de la familia Pasteurellacea presentes en el cerdo (Actinobacillus minor, A. porcinus y A. indolicus) ofrecen resultados negativos. El producto PCR obtenido en una reacción positiva puede ser sometido a restricción con nucleasas (AvaI, TaqI y RsaI), clasificando la cepa en 28 tipos diferentes, lo que, sin duda, constituye una interesante alternativa al sistema tradicional de tipificación (fig. 10) (de la Puente et al., datos sin publicar).

 

TRATAMIENTO

En los brotes graves de la enfermedad de Glässer, el uso de antibióticos tanto con fines terapéuticos como preventivos posee un valor escaso, debiéndose administrar parenteralmente dosis altas de los productos más convenientes (por lo general, penicilina, aunque se han descrito resistencias) al comienzo de la infección, cuando empiezan a manifestarse signos clínicos; se debe tratar, además, la totalidad del grupo, sin esperar a que manifiesten signos o síntomas. La mayoría de las cepas son también sensibles in vitro a la ampicilina, las fluoroquinolonas, las cefalosporinas, la gentamicina, la espectinomicina y las sulfamidas potenciadas. Por el contrario, existe un gran número de resistencias a las tetraciclinas, la eritromicina, otros aminoglucósidos y la lincosamida (Trigo et al., 1996).

 

CONTROL Y PREVENCIÓN

Como consecuencia de que la mucosa nasal de los lechones puede estar colonizada antes de una semana de edad, no se consigue la eliminación de H. parasuis mediante el destete precoz (fig. 11). Clark et al. (1994) (citados por Rapp-Gabrielson, 1999) evaluaron varias estrategias de destete precoz medicado para la eliminación de H. para suis y han observado que solo se consigue este propósito a través de la administración oral o parenteral de dosis altas de antibióticos a los lechones, además de otras medidas sanitarias.

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Fig. 10.- Tipos obtenidos tras la digestión con TaqI de los productos PCR procedentes de diversas cepas de Haemophilus parasuis.

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Fig. 11.- A diferencia de otras enfermedades, el destete precoz de los lechones no parece desempeñar un papel fundamental en la eliminación de la infección producida por Haemophilus parasuis.

 

En cualquier caso, en opinión de muchos expertos, la eliminación de H. parasuis de la explotación puede no ser un objetivo deseable, puesto que como consecuencia de la mezcla de cerdos de distintas edades con otros que albergan H . parasuis durante las últimas etapas de la producción, puede darse lugar a un brote de enfermedad con efectos devastadores desde el punto de vista económico. Por esta razón, la introducción de nuevos lotes con diferentes estados de salud debe ir acompañada de periodos de aislamiento y aclimatación suficientemente largos para que se desarrolle inmunidad protectora, por vacunación o por exposición natural al agente.

La inmunidad natural y/o materna constituyen factores críticos para el control de la enfermedad de Glässer. Los cerdos expuestos con anterioridad a cepas avirulentas de H. parasuis desarrollan resistencia a la exposición con cepas virulentas (Nielsen, 1993). La vacunación de las cerdas gestantes proporciona una inmunidad materna en los lechones, que se prolonga por un periodo de hasta cuatro semanas frente al mismo serotipo contenido en la bacterina (Solano et al., 1998).

 

En relación con la importancia de la inmunidad natural se ha observado la asociación de cepas virulentas con títulos bajos de anticuerpos protectores, como resultado de la falta de exposición del microorganismo en granjas SPF. La tendencia a mantener poblaciones aisladas con un alto estatus sanitario reduce las oportunidades de adquirir inmunidad natural a través de la exposición, incrementándose con ello el riesgo de infección.

De hecho, la capacidad para inducir experimentalmente la enfermedad depende del título de anticuerpos maternos en los cerdos. Al contrario que la inmunidad cruzada (natural) que aparece como respuesta a H. parasuis, la inmunidad postvacunal parece depender del serotipo (incluso de la cepa) que forma parte de la bacterina (Rapp-Gabrielson et al., 1997).

 

Existen numerosos informes acerca del control, con éxito, por vacunación con bacterinas comerciales o autovacunas; en otras ocasiones, los resultados han terminado en fracaso, probablemente debido a la falta de protección cruzada para los serotipos implicados en el proceso clínico. En cualquier caso, no se ha investigado suficientemente el papel de la inmunidad materna inducida por bacterias en el desarrollo de la infección. Recientemente, -Aguilar et al. (1999) han inmunizado madres con una bacterina comercial que incluía los serotipos 4 y 5, de modo que los cerdos nacidos resistieron el desafío. Los anticuerpos maternos no interferían con la vacunación a la primera y tercera semanas de edad. La protección frente a otras cepas virulentas no siempre resulta evidente en los modelos experimentales. Aunque la protección cruzada es un objetivo primario de las vacunas comerciales, las autovacunas pueden perder eficacia si están presentes más de una cepa o serotipo, o ha tenido lugar recientemente la introducción de un nuevo serotipo en la explotación. Todo ello permite concluir que se mantiene la duda de que los antígenos protectores puedan ser distintos de los factores de virulencia y/o los antígenos específicos de serotipo (Rapp-Gabrielson et al., 1997). Rapp-Gabrielson et al. (1996, 1997), utilizando una bacterina que contenía los serotipos 4 y 5, han demostrado la eficacia del desafío con diferentes cepas del mismo serotipo, así como protección cruzada frente a otros serotipos heterólogos, aunque en ningún caso la protección fue completa frente a todos los serotipos, ni tan siquiera frente a los más comunes en América del Norte.

Los programas de control pueden incluir vacunación y tratamientos antibióticos, sin descuidar las prácticas de manejo que tanta incidencia poseen en la creación de situaciones de estrés sobre los animales.

 

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Fuente: Este trabajo fue publicado en Porci (Septiembre 2000, Nº 59),

 

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