Actualidad porcina 10/17

 

 

IMPORTACIÓN DE CARNE PORCINA

CUANDO LA CULPA NO ES DEL CHANCHO NI DEL QUE LE DA DE COMER

 

 

 

 

Con más de doscientos años de precapitalismo y capitalismo moderno a cuestas, los argentinos ya hemos aprendido que el MERCADO tiene leyes que no se cumplen religiosamente y que también tiene nombres a quienes pueden asignárseles responsabilidades. También que algunas herramientas de control o liberación de flujos y de precios, varían su utilidad de acuerdo al momento y al modelo económico en que se implementen. La actual coyuntura del mercado de producción y comercialización porcina, nos permite revisar algunas de esas leyes, la posición que parece haber tomado el gobierno nacional y (algo que no siempre es tenido en cuenta al calcular riesgos y oportunidades) el momento actual de nuestros principales competidores y socios comerciales.

 

Hace casi un mes y luego de la visita protocolar del vicepresidente norteamericano Mike Pence, se hizo público un intercambio dudosamente favorable para nuestro país. Luego de 15 años de gestiones ante la OMC y los Departamentos de Agricultura y Comercio de los EEUU, el gigante norteño en modo Trump aceptaba la importación de limones argentinos contra la promesa de poder colocar carne de cerdo congelada en nuestro país. Más allá de los festejos y las frases hechas sobre abrirse a un mundo que no se abre (y menos para perjuicio de la balanza comercial de países centrales) el saldo de ese intercambio de concesiones comerciales bilaterales traducido a números dice que festejamos la colocación de –como mucho- 50 millones de dólares al año y ponemos en riesgo un mercado como el porcino que mueve unos 550 millones de dólares y que está atravesando su mejor momento en años (el consumo de carne fresca por habitante supera ya los 12 kilos al año). Sin contar con que a 48 horas de cerrado el acuerdo EEUU cerró las importaciones de biodiesel argentino, que representaba en divisas para el país unos 1.200 millones de dólares anuales (o sea, 24 veces más que los limones que aún no ingresan al mercado americano). Es decir que –gracias a un pacto que EEUU no tiene pensado cumplir sino es en su favor y revela la voluntad colonial de nuestros mandantes- lo que se logró es profundizar aún más un déficit comercial bilateral y general que ya representa el valor más alto de la historia argentina con 4.498 millones de dólares.

 

El Presidente de la Asociación Argentina de Productores Porcinos Juan Ucelli aseguró por aquél entonces que “esto nunca sucedió, antes nos cambiaban por otro tipo de carne, ahora nos regalaron”. Remarcó también que además de los riesgos sanitarios que implicaba importar cerdos con enfermedades que no existían en el país (Síndrome Respiratorio y Productivo porcinos), se estaban poniendo en riesgo 39.000 puestos de trabajo en la cadena porcina nacional. El Presidente de la Sociedad Rural contestó como si no representase al sector agropecuario sino al Departamento Comercial de los EEUU al declarar que “nuestras granjas están al nivel de las estadounidenses y por encima de las europeas y brasileñas en lo que se refiere a eficiencia y productividad, es como si tuviésemos la selección argentina de fútbol y nos negáramos a ir al mundial”. Una declaración poco seria teniendo en cuenta que la producción porcina (junto a la de maíz, soja y biodiesel) es una de las más subsidiadas por los EEUU, no hay libre juego de mercado para que gane el mejor. Es una de las grandes tonterías de quienes aún sostienen la libertad de competencia en un contexto en donde los que cuidan sus intereses compiten sobre seguro y protegido y las barreras arancelarias sólo se caen en las economías emergentes.

 

Pero analicemos brevemente otro lugar común disfrazado de ley religiosa y sabia de mercado: “las importaciones sirven para regular precios a la baja y controlar excesos de rentabilidad”. Hace dos días, Federación Agraria Argentina denunció que –producto de un testeo en boca de expendio- habían detectado matambre de cerdo a $256 el kilo (cuando el productor recibe $23 por ese mismo kilo) y otros cortes entre $190 y $210. El mismísimo Ucelli pidió a los consumidores que no compren a ese precio y aseguró que “esto no le sirve ni al productor ni al consumidor, como no hay intervención del Estado estamos ante esta locura”. Al igual que sucede con otros bienes de consumo (indumentaria, electrodomésticos o incluso autos terminados), las importaciones no tienen nada que ver con la regulación de precios (ya representan un 11% de la oferta provenientes de Brasil y Dinamarca) pues el problema está en el control de la cadena de producción y la rentabilidad dispar entre los distintos eslabones, algo que la Secretaría de Comercio declinó seguir revisando desde el mismo momento en que asumió el gobierno actual y liberó a los formadores de precios de declarar sus costos.

 

En un contexto mundial en que –salvo China- nadie la tiene atada en materia de ventajas comparativas cantadas, en que el multilateralismo ha cedido paso a un bilateralismo en donde los grandes refuerzan la reprimarización de los países emergentes e incluso les disputan mercado en bienes agropecuarios, abrirse sin control ni previsiones ni consultar a las entidades representativas de la producción ni calcular el daño probable de esas aperturas, es la peor política económica y comercial.

 

Hablando de frases hechas, sería bueno atender el mantra de “las oportunidades perdidas” o “los vientos de cola agropecuarios” que los gobiernos populistas con ínfulas industrialistas parecían derrochar en el pasado. Actualmente un gobierno sin discurso industrial y que pone todas sus expectativas de recaudación en la minería, el petróleo, las finanzas y el campo está en riesgo de comprometer un mercado como el porcino, que crece por sus propias fortalezas y el empuje de sus productores pero a contrapelo de políticas internacionales y nacionales que parecen no tenerlos en cuenta a la hora de las grandes decisiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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